En tribu todo es más fácil

Cuando te encuentras con personas que viven o han vivido alguna experiencia similar a la tuya, uno inconscientemente deja de sentirse la “rara”. Sientes que hay alguien en el mundo igual que tú, que empatiza y habla tu mismo idioma.

El día que nació Amanda la habitación se llenó de médicos hablándonos del síndrome de down. Todos trataban de explicar, a su forma, todo lo que involucraba este nuevo proceso en nuestra vida. Sin embargo, yo sólo sentía una explosión de información que, conjugado con mi estado emocional, no resultaba nada bueno.

Todo esto hasta que una doctora nos dice algo muy cierto: “podemos decirle mil cosas sobre el síndrome de down, pero les recomiendo que se contacten con padres que hayan vivido esta misma experiencia”. Sus palabras me hicieron click, porque nosotros no conocíamos a nadie con hijos con trisomía, lo cual aumentaba esa ansiedad por lo desconocido. Nos dio una lista de fundaciones de padres de niños con síndrome de down y nos sugirió que cuando estuviésemos más tranquilos, los contactáramos.

No estaba sola

No pasaron más de 24 horas cuando ya habíamos hablado con una mamá. Sin duda haber escuchado a Andrea hicieron que toda esa pena terrible que sentía en ese momento, se contuviera por unos segundos y tratara de visualizar la condición del síndrome de down en algo “no tan malo”. Le escribí por Facebook y al cabo de un par de minutos Andrea nos llamó. Coincidentemente su hija también se llama Amanda y ella también es periodista como yo, y eso lo sentí como “una señal”. “Te darás cuenta que tu Amandita llenará tu vida de colores, y no te preocupes cuando la gente te diga que ella es un angelito, porque de angelitos no tienen nada”. Nunca olvidé esas frases, porque cuánta razón tenía.

En menos de una semana del nacimiento de mi hija, ya conocíamos en persona a Andrea y a otra mamá, cuando nos visitaron en nuestra casa. Escucharlas contar su experiencia bajó impresionantemente mis miedos y ansiedad por todo lo nuevo que estábamos iniciando. Les hice muchas preguntas (como buena periodista) que contestaron con toda la honestidad del mundo. Lo bueno, lo malo, lo lindo y lo feo del síndrome de down. Sin mentiras, sin etiquetas, tal cual ellas lo habían vivido. Pero todo se resumió a: “no le pongan techo a su hija, déjenla que los sorprenda”. Y así ha sido.

Y seguimos buscando experiencias

Dentro de mi angustia yo seguía buscando experiencias y contactamos a otra fundación. Por varios días estuvimos hablando con Marcela, mamá de Emilio. Ella, al igual que Andrea, se transformaron en mis “guías”. Todo lo que sentía se los contaba y mis dudas se las preguntaba.

Marcela y Pedro, padres de Emilio, nos invitaron a su casa. Ese día iba muy nerviosa, porque era mi primer encuentro con un niño con síndrome de down. No quería arruinar el momento ni hacerlos sentir mal. Pero todo fluyó. Mágicamente mis nervios pasaron y conocí una familia maravillosa. Su contención y acogida nos reconfortó como familia y nos dio ese empujón que necesitábamos.

Al pasar las semanas, conocí a Daniela, mamá de Nicolás. También periodista y con un sinfín de coincidencias en común. Hablábamos largas horas y la sumé a mi lista de mamás “guías”. Se encargó de animarme todos los días, de compartirme su experiencia y entregarme diversos tips que sigo atesorando hasta hoy. Su positivismo y su garra como madre eran admirable, y me ayudaron a ir de a poco venciendo el miedo al síndrome de down.

Sin duda Andrea, Marcela y Daniela marcaron los inicios de mi maternidad con Amanda. Mujeres fuertes que me impulsaron a sacar lo mejor de mí. Me demostraron que no tenía que temerle al síndrome de down, sino que debía subirme al carro y partir un camino hermoso junto a mi hija. Sus experiencias me acompañaron y me hicieron sentir que no estaba sola.

Les agradezco porque me sentí en tribu. Me escucharon sin juzgar y me acompañaron sin esperar nada a cambio. Con ellas aprendí que cuando encuentras a personas que viven lo mismo que tú y hablan el mismo idioma que tú, todo se ve más fácil, porque entiendes que lo que te pasa no es anormal, sino que es más común de lo que creías. La única diferencia es que ellas me llevaban la delantera.

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