Relatos de una mamá

Ser mamá ha sido el trabajo más duro que me ha tocado, pero a la vez el más gratificante, por muy cursi que suene.  A los 31 años fui mamá por primera vez de mi bella Amparo, a quien esperaba con muchas ansias. Antes de que naciera idealizaba un mundo casi de película, en que la maternidad era de puras cosas lindas. Pero no.

Ser mamá primeriza es difícil. Uno lidia con los consejos de mucha gente, y en lo particular, el único que me importaba era el de mi mamá. Me pelié muchas veces con ella, pero igual le hacía caso y hasta el día de hoy se ha convertido en la persona que más escucho.

Me angustiaba enfrentarme a un ser tan pequeñito y no poder entender qué quería. Sin embargo, ese “instinto de madre” realmente aflora. Cómo y cuándo, no sé. Pero aflora al 100%. Me fui adaptando a esta nueva rutina de vida. Me fui enamorando de mi niña y viviendo cada etapa de forma muy intensa con sus logros, tristezas, enfermedades, enojos, risas, etc.

Tus cambios

Te conviertes en una nueva mujer. En una mujer más fuerte, porque ahora debes cuidar de ti, pero también de otra personita. Dejas de dormir bien, porque estás casi a horario completo a disposición de tu hijo. Cambias de amigos, porque ahora tienes otros intereses, que a tus antiguas amistades no les interesa mucho. Y así un cúmulo de cosas que dejas de hacer o haces más por darle “lo mejor” a tu hijo.

Cuando Amparito cumplió 2 años nos enteramos que se convertiría en hermana mayor. Si bien me sentí feliz de enterarme del nuevo embarazo, la pena y culpa se apoderaron de mí. Sentía tanta tristeza de pensar que mi hija dejaría de ser hija única, no entendía cómo iba a lidiar con dos hijos, cómo los iba amar a la misma vez. Tenía tantas dudas que no me dejaban tranquila, sumado a las hormonas del embarazo propiamente tal, una pésima mezcla.

Y no hay ningún manual que te diga cómo hacerlo. Si bien todo el mundo me contaba sus experiencias, yo sólo tenía pena por mi Amparito. Pero bueno, hice un cambio y fuera, porque además de la pena, también sentía culpa por la guagua que tenía en mi panza, porque no podía conectarme con ella. Hasta que un día dije, no más… Así es la vida, tendré otro hijo y es lo mejor que podía pasarnos como familia.

Me sentía más empoderada como mamá, porque ya había aprendido varias cosas del primer embarazo. Y así avanzó mi segunda gestación, muy normal, muy feliz, muy disfrutado con mi otra hija preparándola para la llegada de su hermanita. Me pasaba imaginado cómo iban a ser de partners, cómo iban a jugar, cómo se iban a cuidar, etc.

Cuando la maternidad te golpea

El día que comenzaron las contracciones hice casi un ritual de despedida con mi Amparito. Era nuestro último día juntas antes de la llegada de su hermanita. Para variar sentía pena. Pero a la vez, estaba feliz de que faltaba tan poquito para que estuviéramos los 4, lo que tanto esperaba.

Pero cuando dicen que la felicidad no es completa, así es. Y así tal cual lo sentí. Enterarme del síndrome de down de mi segunda hija me golpeó. Me golpeó tanto que me dejó en el suelo sin ganas de pararme.

Era mamá por segunda vez y no era capaz de mirar a mi guagua. Estaba en shock, tenía pena y rabia. No podía dimensionar todo lo que estaba viviendo. No aceptaba a mi hija, a la que tanto esperaba.

Como mujer y como mamá me sentí la peor persona del mundo. Me miraba al espejo y me detestaba por sentir eso. La culpa fue mi gran enemiga por harto tiempo. Me culpaba día a día por no generar ese lazo con Amandita cuando ella lo único que hacía era mirarme. Paradójicamente ella era la única que lograba calmar mi angustia. La ponía al pecho y mágicamente me sentía tranquila, pero con un miedo enorme al síndrome de down.

Han pasado 9 meses desde aquella época. Cómo mamá he avanzado tanto, que humildemente, me siento orgullosa de mí. De a poco fui dejando la rabia y la pena atrás. Pero no ha sido fácil, porque tienes que aprender muchas cosas que tal vez en otra situación nunca lo hubieses hecho. Te conviertes en ese grupo de mamás de “niños diferentes”, porque así muchas veces te catalogan. Y también te acostumbras a escuchar comentarios como, “eres una mamá ejemplar” y por eso Amandita te escogió. “Eres tan buena mujer” que por eso Dios te premió, casi como si fuera “Santa Fabi”.  Y la verdad que no lo veo así. Soy una mujer y una mamá que trata en lo posible de hacer lo que más puede por ellas, como lo hace cualquier otra mamá.  No tengo ningún súper poder ni ventaja, soy así, real, con mis defectos y virtudes, tratando de ser una “buena mamá”.  

Todo es para mejor

Durante este último tiempo me he convertido en mamá a tiempo completo de dos niñitas. El cansancio te atrapa muchas veces, el tratar de dividir el tiempo entre dos también es difícil y evitar darle mayor atención a Amanda es algo que día a día trabajo, para evitar los celos de la más grande.

Muchas veces la culpa aparece otra vez. ¿Lo estoy haciendo bien?, ¿Qué más puedo hacer? ¿le estoy dando más atención a mi hija menor que a la mayor? Lidiar con esto es terrible. Inconscientemente a veces me veo más pendiente de Amanda, porque al ser una bebé requiere mayor atención y con el tema de sus terapias con mayor razón. Pero ahí está mi otra hija, con pataletas que muchas veces no entiendo el por qué, pero que luego me doy cuenta que es porque también quiere que le hagamos lo mismo que a su hermana. Y ahí figuro estando para las dos al mismo tiempo y en el mismo lugar, porque las dos necesitan la atención de mamá al mismo minuto.

Ha sido cansador, agotador, pero muy gratificante. Pero no voy a negar que cuando están dormidas me siento bien. Me siento aliviada y relajada. Nos queda tiempo para nosotros con Eric. Y son esas dicotomías estúpidas de las mamás, que por un lado amamos estar con nuestros hijos, por el otro ansiamos la hora en la que duermen, porque queremos estar “tranquilas”. Y así es, y eso no me hace mala mamá.

Soy mamá de dos, y no soy perfecta. Tengo días tristes, alegres, buenos, malos, etc., pero siempre estoy tratando de ser mejor persona para ellas acompañada de Eric. Y lo más importante, es que día a día aprendo aceptarme con todos mis defectos, y aceptar mis procesos de pena y de rabia que viví con mi Amandita, porque eso me llevó a que hoy nuevamente esté de pie luchando por querer una mejor vida para ellas. Al final todo es para mejor, y eso sólo uno lo aprende con el tiempo.

Ser mamá de un hijo con discapacidad no es tan fácil, porque todo cuesta un poco más, pero a la vez disfrutas y valoras aún más sus logros y sus avances, y además permite que uno potencie aún más a tu otro hijo. Mi Amparito se ha convertido en la mejor hermana para Amandita y eso es impagable.

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